Mucho antes del surgimiento de la química y la física modernas, los filósofos griegos postularon que el universo estaba compuesto por cuatro elementos fundamentales: tierra, aire, fuego y agua.
Cada elemento se asociaba con un par de las cuatro cualidades fundamentales: calor, frío, humedad y sequedad. La tierra era fría y seca, el aire caliente y húmedo, el fuego caliente y seco, y el agua fría y húmeda.
ARISTOTELES: EL QUINTO ELEMENTO O LA QUINTA ESENCIA
Aristóteles, sin embargo, consideraba que estos cuatro elementos no bastaban para explicar la complejidad y la diversidad del universo. En su opinión, debía existir un quinto elemento —una Quinta Essentia o quinta esencia— que trascendiera la esfera terrestre.
Según Aristóteles, este Quinto Elemento era fundamentalmente diferente de los otros cuatro. Mientras que la tierra, el aire, el fuego y el agua estaban sujetos al cambio y la descomposición, la Quinta Esencia era eterna, inmutable e incorruptible, una especie de ser supremo.
No contenía cualidades contradictorias como el calor y el frío, o la humedad y la sequedad; era pura esencia misma. Se creía que esta quintaesencia era el elemento que componía los cuerpos celestes, las estrellas y los planetas: el reino etéreo más allá del nuestro.
A ESTE ELEMENTO LE LLAMARÓN ETHER
En la filosofía cristiana , este quinto elemento se asociaba a menudo con lo divino, el alma o el espíritu. La idea de que existía una sustancia más allá de lo físico, inmutable e incorruptible, encajaba bien con los conceptos de alma y Dios propios de la teología cristiana.
En algunas religiones y tradiciones espirituales, el quinto elemento se asocia con el espíritu o la conciencia, y se cree que es la fuerza vital que anima el universo. Además, algunos creen que el éter es el medio a través del cual se comunican los seres divinos.

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